Allí sentada, lo recordó todo.
«¿Lo oyes? La nada. Me gusta estar aquí; me gustaría poder volver cuando ya me haya ido. Siempre me ha gustado este café. Me hace sentir bien. Es casi mágico. Poder volver, digo. Sólo tienes que estirar la mano para tocar de nuevo lo que ya no existe. Y escuchar. Sobre todo, eso».
Largos minutos de sombra dan paso a la luz del mediodía. Ese que parece que nunca llega. A eso me refiero. Todo aquí se hace eterno. Todo se para. Hasta yo.
«Me gusta estar así. Claro, que algún día ya no estaré aquí. ¿Y qué? No me importa. Déjame. Quiero mirar al frente. Sólo mirar».
Parecía que esas columnas, que salían del techo, sujetaban en realidad el cielo. Y a mí, sin ir más lejos. Porque en aquel lugar nada pesaba. No allí. Incluso esos árboles; hasta ellos parecían levitar.
«¿Y cuando me vaya? Cuando me vaya… Quiero quedarme para siempre. ¿Puedo? Me gusta este café. Me hace sentir bien».
La tarde. El sol en mi cara.
«¿Lo ves? La nada. Me gustaría volver y mirarlo cuando ya me haya ido. Mirar. Sobre todo, eso. Dime que puedo».
Oscura, la noche. La luz en mi cara.
«Es hora de irme. Y cuando lo haga, ya no volveré. Me gustaba ese café. Me hacía sentir bien».
Aquí, sentada, lo he recordado todo.
........................................
«Arriba en el cielo, las golondrinas trazaban lazos, volaban haciendo curvas y quiebros, se precipitaban de un lado a otro, giraban y giraban, pero siempre con perfecto dominio, como si estuvieran sostenidas por elásticos; y las moscas que subían y bajaban, el sol tocando ahora una hoja, otra después, burlón, deslumbrándola con oro suave en un gesto de buen humor; y de vez en cuando una campana, resonando divinamente en las briznas de hierba…Todo esto, aun siendo tranquilo y razonable, aun estando constituido por cosas ordinarias, era ahora la verdadera belleza, eso era la verdad. La belleza estaba en todas partes».
Virginia Woolf
La Señora Dalloway
«¿Lo oyes? La nada. Me gusta estar aquí; me gustaría poder volver cuando ya me haya ido. Siempre me ha gustado este café. Me hace sentir bien. Es casi mágico. Poder volver, digo. Sólo tienes que estirar la mano para tocar de nuevo lo que ya no existe. Y escuchar. Sobre todo, eso».
Largos minutos de sombra dan paso a la luz del mediodía. Ese que parece que nunca llega. A eso me refiero. Todo aquí se hace eterno. Todo se para. Hasta yo.
«Me gusta estar así. Claro, que algún día ya no estaré aquí. ¿Y qué? No me importa. Déjame. Quiero mirar al frente. Sólo mirar».
Parecía que esas columnas, que salían del techo, sujetaban en realidad el cielo. Y a mí, sin ir más lejos. Porque en aquel lugar nada pesaba. No allí. Incluso esos árboles; hasta ellos parecían levitar.
«¿Y cuando me vaya? Cuando me vaya… Quiero quedarme para siempre. ¿Puedo? Me gusta este café. Me hace sentir bien».
La tarde. El sol en mi cara.
«¿Lo ves? La nada. Me gustaría volver y mirarlo cuando ya me haya ido. Mirar. Sobre todo, eso. Dime que puedo».
Oscura, la noche. La luz en mi cara.
«Es hora de irme. Y cuando lo haga, ya no volveré. Me gustaba ese café. Me hacía sentir bien».
Aquí, sentada, lo he recordado todo.
........................................
«Arriba en el cielo, las golondrinas trazaban lazos, volaban haciendo curvas y quiebros, se precipitaban de un lado a otro, giraban y giraban, pero siempre con perfecto dominio, como si estuvieran sostenidas por elásticos; y las moscas que subían y bajaban, el sol tocando ahora una hoja, otra después, burlón, deslumbrándola con oro suave en un gesto de buen humor; y de vez en cuando una campana, resonando divinamente en las briznas de hierba…Todo esto, aun siendo tranquilo y razonable, aun estando constituido por cosas ordinarias, era ahora la verdadera belleza, eso era la verdad. La belleza estaba en todas partes».
Virginia Woolf
La Señora Dalloway